“Por la música, que lo es todo”

Discurso de Franklin Pire ante las Autoridades rectorales de la UNICA por el conferimiento de la Orden Cecilio Acosta

Excmo. Mons. Ubaldo Santana Sequera Canciller de la Universidad. Dr. Ángel
Lombardi Rector, Dra. Lilia Boscán de Lombardi, MSc. María Mercedes Rodríguez
Vicerrectora Académica, MSc. Ginnette Gutiérrez Secretaria. Decanos de las diferentes
facultades. Cuerpo profesoral de la Universidad Católica Cecilio Acosta. Licenciados
todos, que hoy egresan de esta prestigiosa casa de estudios. Público en general,
Señoras, Señores. Muy buenas tardes.

Para llegar allí, allí donde estás,
para llegar desde donde no estás
debes ir por un camino donde no hay éxtasis.
Para llegar adonde no sabes
debes ir por un camino que es la vía de la ignorancia.
Para tener lo que no posees
debes ir por la vía de la desposesión.
Para llegar adonde no estás
debes atravesar el camino en que no estás.
Y lo que no sabes es lo único que sabes
y lo que posees es lo único que no posees
y donde estás es donde no estás.
Thomas Stearns Eliot

“Hijo, sea alguien en la vida”

Estas palabras, que fueran pronunciadas por mi madre Antonia una mañana de octubre de 1978 cuando apenas tenía nueve años, han regresado nuevamente con los ecos invisibles de su pequeña voz, rememorando el pasado difícil que nos abrumaba pero que al mismo tiempo nos unía en el ideal de que todo estaría mejor.

Mi procedencia no es distinta a la de muchos otros. Vengo de un hogar humilde donde los sacrificios no se sorteaban sin antes llevarnos a la boca una rodaja de pan con una buena taza de café o un plato caliente de maicena al despuntar las primeras horas del día. Mis hermanos y yo nunca nos quejamos, por el contrario, disfrutábamos mucho de los juegos, de las patinetas a rolineras, de las metras y de las pocas personas que nos visitaban en el barrio, eso sí, todas las cosas tenían su tiempo, tiempo para ayudar en la casa, tiempo para jugar, tiempo para estudiar y tiempo para perder también el tiempo. Siempre he admirado a mi madre, los ingentes esfuerzos que tuvo que hacer para levantarme como hombre de bien, darme una buena educación, enseñarme que aunque fuese una mujer humilde, mis hermanos y yo no caminaríamos las mismas sendas que a ella le tocó transitar. Fue con mi madre que comencé a escuchar las leyendas de duendes que escondían en las orillas de los ríos sus tesoros, del porqué de las manchas de la luna, de luces nocturnas de difuntos que iluminaban los lugares posibles de algún entierro, los cuentos de ánimas solas que deambulaban por los campos áridos de Falcón, y tantas otras que me dejaban perplejo, con cierta curiosidad por corroborar aquellos decires cuando la noche caía sobre Punto Fijo. ¿Cómo no extrañar aquellas tertulias con mi vieja? ¿Cómo no entender el sentimiento de una madre que con sacrificio dio hasta donde pudo por amor a sus hijos? Debe ser que las frias brumas de la mar no se han disipado aún por completo, aquellas que nos robaron el calor de las velas cuando apenas comenzaba a leer. Llevo su olor a mandarinas impregnado en mi memoria, ese olor que aún llama a los pájaros, porque mi mamá huele a mandarinas.

En el año de 1981 con pesar en el corazón debí separarme de mi madre, aún le recuerdo haciéndome la maleta aquella tarde con lágrimas en los ojos. Fue por la época en que en el país había un gran revuelo por la conquista de dos coronas de certámenes de belleza internacional, también los restos del insigne Andrés Eloy Blanco eran ingresados al Panteón Nacional. En ese mismo año comandos guerrilleros haciéndose pasar por conjuntos musicales navideños, secuestraban tres aviones distintos que despegaron desde el aeropuerto de Maiquetía y tenían como intención mostrar apoyo al Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional además de exigir la suma de diez millones de dólares, recibidos como héroes en Cuba fueron apresados luego por la policía local de ese país. La banda inglesa The Police suspendía también su concierto en Caracas por la repentina muerte del Presidente Rómulo Betancourt. A mi madre poco le interesaban estas cosas más que el futuro de su muchacho. Fue así que, diciéndole adiós a mamá, partía a Maracaibo de la mano de mi tía Bella, mi otra madre. Llegue a esta ciudad, que me recibió y adoptó desde el primer instante como uno más de sus hijos, con un cuatro bajo el brazo y con los bolsillos repletos de ilusiones, expectante por esta experiencia nueva que me tocaba emprender. Aquí mi tía Bella comenzaría a forjar el sueño de Antonia. Ella fue de las primeras que dio cuenta de mi talento, al ver que había potencial, sin dudarlo, logró que ingresara al instituto Niños Cantores del Zulia donde todas, absolutamente todas las condiciones estaban dadas para comenzar mi compromiso preferente para con la música. Mi tía Bella se esforzaba mucho por prepararme para que con responsabilidad pudiese lograr mis metas. Aquella frase se hacía cada vez más recurrente “Hijo, sea alguien en la vida” pero ahora salía de los labios de mi tía. Debo decir que con agrado siempre seguí sus consejos.

Los tiempos en el instituto fueron de los más felices de mi vida, allí conocí a mis maestros José de Jesús Frausto López, Engelberto Aguilar, Gerard Bourgogne y Antoine Duhamel quienes me ayudaron a forjar mis cimientos en la técnica pianística, además del cuerpo docente, en especial el maestro Cesar Monsalve, el maestro Manuel García, el maestro Juan Carrillo, el maestro Rubén Suarez, el maestro Alberto Méndez , el Padre Rafael Márquez y el Padre Gustavo Ocándo Yamarte quienes implantaron en ese humilde muchacho de pueblo una visión muy distinta de aquel mundo de reinas de belleza, de revoluciones convenientes, de secuestros navideños, de conciertos frustrados; la visión holística que pasado el tiempo me llevaría a entender el contexto del arte y su compleja trama de interacciones como una totalidad dependiente de todas sus partes y configuradas en una sola entidad nuclear. Sin esta visión difícilmente estaría hoy aquí, parado frente a ustedes agradeciendo por tantas bendiciones y por la oportunidad que me dan de poder expresar estas palabras.

En agosto de 1989 obtuve una beca para irme a estudiar a la antigua Unión Soviética en vista de la emblemática tradición de su escuela para piano y de composición. Fue una oportunidad de esas que se dan una sola vez y para siempre en la vida pero me llegaba en circunstancias poco favorables. La época se resistía a los cambios, pero en alguna parte del planeta se estaba concibiendo un porvenir. La Perestroika, término ruso cuyo significado es “Reconstrucción” consistía en una serie de reformas que comenzaron a gestarse a mediados de los años 80 en Rusia y cuyo objetivo fundamental era el de reactivar el aparato productor del estado soviético. Lo cierto es que, aunque las intenciones eran quizás buenas,dichas reformas, lideradas por el entonces presidente Mijaíl Gorbachov, alcanzaban todas las áreas del sistema soviético: la ciencia y la tecnología, la reorganización de la estructura económica y los cambios en la política de inversión. Pero estas reformas se volvieron contra el país y no hizo más que hundir en la debacle a la Unión Soviética. Todo esto generó el descontento de las republicas socialistas que conformaban la unión, en contra de la manipulación y sordidez de la gran Rusia comunista, llevándolas a optar por un cambio e iniciándose así el tránsito desde la opresión hacia los más altos ideales de justicia, libertad y autodeterminación, cosa que no todas lograrían. Son tantas las injusticias que abruman a tantos inocentes en nuestra contemporaneidad que a veces pienso que la palabra “Equidad” no forma ya parte de nuestra conciencia colectiva, que se ha perdido prácticamente eso que llamamos humanidad. Eran tiempos complejos y a mi corta edad ya había sido testigo de primer orden de los acontecimientos suscitados en Caracas el 27 de febrero de ese mismo año y el 9 de noviembre de hace ya 25 años fui parte de otra inigualable experiencia, la caída del muro de Berlín y más tarde de la proclamación de independencia Ucraniana y del golpe de estado a Gorbachov que declinó en la completa disolución del imperio soviético.

Llegue a la ciudad de Kiev, capital de Ucrania, en el otoño del 89, luego de audicionar ante la cátedra del conservatorio de Moscú donde pensé que iniciaría mis estudios profesionales como compositor y pianista, ¿qué más podía pedir? estaba en Moscú la capital de la fastuosa Rusia, con sus grandes teatros, sus maravillosos museos, sus parques, sus plazas y una tradición musical que ha dejado una huella indeleble en la historia de la música occidental. Pero Moscú no me quería allí y fui rechazado por la comisión de ingreso e incluso me recomendaban cambiar de carrera porque no veían para mí un futuro promisorio ni como compositor ni como pianista en los recintos de tan prestigiosa escuela ni en ningún otro lugar. Debe ser por eso que años más tarde cuando visitaba Moscú no podía soportar quedarme más de una semana, el orgullo ruso –en parte idiosincrasia y en parte hasta cierta fobia al extranjero- afloraba hasta en un puesto de verduras, es una ciudad tan grande y tan hermosa que agobia, por lo menos ese era mi caso.

Kiev era muy distinta, con sus museos y teatros más discretos, catedrales y monasterios con sus cúpulas de cebollas, bosques tupidos de pinos y abedules hacían de la ciudad un lugar apacible, de verde primaveral donde la gente en lugar de correr paseaba las plazas y con amabilidad respondían al preguntarle las horas. Su historia abarca los mil ciento treinta y dos años desde su fundación a finales del siglo IX. Conocida también como “La madre de todas las rusias” ya que la fundación de Rusia y Bielorrusia estaban muy ligadas al principado de Kiev que es el origen del legado cultural de estos dos estados. Es un bastión de grandes movimientos artísticos aunque la desgracia y la consternación hoy embargue a sus habitantes, puesto que los miserables vientos de la guerra han regresado inmisericordes, Kiev sigue adelante a pesar de la avaricia y el nepotismo de los intereses políticos y expansionistas rusos. Es una ciudad que también considero mía, ella alberga una parte de mi alma.

Nuevamente debía tocar, pero esta vez ante la cátedra del conservatorio de Kiev.
Con atención fui escuchado por los maestros, solo me dejaron tocar la suite inglesa en la menor de Bach que pensaba yo tocaba muy bien, que iluso. Al finalizar, la comisión fue abiertamente sincera conmigo y se refirieron a mí en estos términos “Tiene un gran talento pero hace falta formarlo; en las condiciones actuales usted no dispone del nivel para iniciar los estudios superiores en esta institución. Otra decepción – pensé. Pero, el portavoz de la comisión prosiguió: “usted será enviado por un periodo de dos años al Instituto Glier, escuela menor de música, donde se preparará y al cabo de ese periodo presentará los exámenes de admisión para este conservatorio”. Me quedé sorprendido, pensé que no me aceptarían y que me enviarían a otra república a una escuela de menor nivel, pero esta vez el conservatorio Tchaikovsky me daba la oportunidad de prepararme y nivelarme para luego poder ser parte de él en las condiciones previstas por la comisión. Kiev, si me quería allí.

Hacia finales de 1990 había culminado ya mi preparatorio del instituto Glier y en 1991 ingresé al Conservatorio estatal de Kiev. Nunca antes, desde la época de Niños Cantores, me había sentido tan feliz. Fue entonces cuando comencé el arduo camino de la búsqueda de mi lenguaje artístico, búsqueda que como compositor nunca he de terminar. Aunque tenía las ganas, el nivel y el talento todo empezó a hacerse cuesta arriba, las exigencias de la escuela de composición me parecían inabordables, me agobiaban, pensaba que todo incluyendo el lenguaje de mi música se confabulaba en mi contra, y con apenas veintidós años parecía un viejo decrépito, perdía la paciencia muy rápidamente, la separación de la familia pegaba, desesperado comencé a desviarme de mis propósitos fundamentales y entre en una etapa crítica de autoconmiseración equívoca que me condujo a refugiarme en el alcohol.

Mis sueños por los que tanto había luchado, para poder tener un lugar privilegiado en el Conservatorio Peter Ilich Tchaykovski, una institución de más de cien años de tradición donde sus paredes dan razón de las luminarias que han pasado por sus aulas para gloria de la música, estaban por desvanecerse y que yo no era digno de seguir, que el trayecto finalizaría para mi prácticamente sin dar un paso, porque estaba dispuesto a abandonarlo todo, regresarme a Venezuela, buscar un trabajo acorde a mis posibilidades y criar para ese entonces a mi hija Valeria. Fue cuando mi maestro de Polifonía Gennady Ivanovich, reconocido compositor ucraniano y excepcional pedagogo, luego de escuchar todo lo que me sucedía y de cuáles eran mis planes, en una de nuestras tantas conversaciones vespertinas acertadamente me dijo: “Usted está aquí para estudiar y hacerse compositor, si abandona ahora la batalla de seguro perderá la guerra, la única guerra que tendrá y regresará a su país como un cobarde, como un total fracasado”.

Mi maestro no era una persona de carácter explosivo, todo lo contrario era controlado y dócil, puedo decir con toda propiedad que era como un padre durante mis años de estudios en Kiev. Sus palabras me hicieron reflexionar y entendí de una vez por todas que “Un talento sin formación no le sirve ni a quien lo ostenta” y que los estados de crisis son muy comunes cuando de búsquedas se trata. Muchas veces hay que saberles dar la lectura precisa para poder sortearlos sin darles más importancia de lo que ameritan. Los compositores, más que los intérpretes, somos una fuente inagotable de estos estados, sobre todo cuando estamos frente al papel y nos damos cuenta del infinito universo que se esconde más allá de las notas. Maryna Denisenko, mi maestra de composición siempre me aconsejaba que “si quería la disciplina de un compositor no debía esperar por las musas, que la inspiración se sumaría en cuanto me viera trabajar, que todos los días debía escribir sino quería terminar como un empleado más manipulado por mi propio talento”.

Hace ya algún tiempo conversando con algunos alumnos de nuestra universidad les
explicaba que la vida de un músico excede los límites de su conciencia. Cuando nos disponemos a componer o interpretar entramos en lo que se llama “el estado absorto de la creación”, pero que este estado no se alcanza con la mera intuición, que es importante (a mi parecer, si no se tienen las armas que nos provee la técnica en su estado más puro) que para poder abordar con propiedad nuestro lenguaje debemos mirar hacia atrás, entender, indagar el pasado, estudiar a los grandes maestros para así reflejar un futuro promisorio de nuestra identidad artística, porque ciertamente la tradición sí se puede romper pero cuesta trabajo, si lo logras sin el menor esfuerzo entonces eres un impreciso, un subjetivo e indefinido vanguardista y de esos ya hay como que muchos y en grado superlativo. Se debe tener en cuenta también que el tiempo no puede arrojarse por las ventanas de la indiferencia y que un músico siempre ha de velar por sus convicciones y sentirse afortunado porque, aunque ustedes no lo crean, «somos muchos los llamados, pero pocos los elegidos», no fuimos nosotros quienes escogimos ser músicos, fue la música quien nos eligió, no al revés. Ella siempre encuentra a un alma nueva donde habitar y mientras eso sea así la esperanza para hacer de este mundo un lugar más noble no se perderá.

Cuando enseño composición puedo darme cuenta de un talento en potencia pero también puedo darme cuenta cuando ese talento adolece de la disciplina del compositor. Con humildad les digo que la vida ha de pasar pero la música trascenderá y si quieren ser recordados para el tiempo en que ya no les toque estar en el mundo deberán preocuparse hoy por propiciar la búsqueda en la construcción de su memoria artística sin importar los sacrificios que se tengan que pasar. Para quienes aun no han entendido su misión permítanme decirles que nunca es tarde cuando una voluntad se hace sentir, las cosas cotidianas toman sentido, todo fluye, nada es indiferente y la música lo es todo.

El 29 de mayo de 1996, luego de haber cumplido con todos los requerimientos de
los exámenes de estado egresé del conservatorio estatal de Kiev Peter Ilich Tchaikovsky, la sinfónica nacional de Ucrania interpretó mi primer poema sinfónico “El fenómeno humano” y logre cumplir con el proyecto de vida que me había trazado. Me hice compositor. Recuerdo muy bien que después de mi concierto la cátedra de composición se reunió y de manos de mi Maestro Gennady Ivanovich recibía mi diploma diciéndome estas palabras: “Sea consecuente con esta escuela, su «Alma mater», que le recibió en su seno y le formó para siempre, sea consecuente con la música que se lo ha dado todo, reciba usted este diploma que lo acredita y así como se lo entregamos se lo podemos quitar, bienvenido colega.” Con lágrimas recibía el título de compositor mientras quince maestros me daban dos besos en las mejillas más un fuerte abrazo repitiendo las mismas palabras, “Bienvenido colega”.

Hoy agradezco infinitamente a Dios por lo bueno que ha sido conmigo, por regalarme el don de la música como un ministerio al que me ha consagrado. Me ha dado tantas cosas, incluso, cuando menos las merecía, me salvo del abismo. Gracias también por mis dos madres, por mis maestros, por los amigos, por mis hermanos, por mi hermana la Artista plástico Lisbeth Pire que siempre ha estado allí ofreciéndome su apoyo, por mi familia, por mi esposa Carola y mis hijos Valeria Cecilia, Juan Diego y María José que son mi soporte, inigualable sustento en los momentos más difíciles. Gracias a la Universidad Católica Cecilio Acosta, a nombre del rector Ángel Lombardi a quien considero un amigo sincero, que no solo me ha brindado sus espacios para crecer como profesional sino que hoy también me honra con tan preciado reconocimiento, a la Vicerrectora Académica María Mercedes Rodríguez por sus consideraciones cuando de emprender proyectos tanto académicos como artísticos se trata, a la Dra. Lilia Boscán de Lombardi quien siempre ha sido soporte de las actividades y desempeño profesional de nuestros noveles artistas y desde luego al Maestro Carmelo Chapero…que con fidelidad siempre apoyó las iniciativas en pro del beneficio de la comunidad UNICA, Dios le tiene en sus santos brazos, y por supuesto a mis alumnos por haberme dado el privilegio de poderles enseñar desde mi humilde experiencia, este reconocimiento en gran parte también es de todos ustedes.

Quisiera finalizar no sin antes decirles que: La identidad de un músico se forja en la solitud, en la lucha contra la intransigencia de nuestras propias acciones, en la búsqueda de la perfección y el deslinde de toda mediocridad imperante, en la reflexión, en la esperanza de que todo irá bien. Perseverantemente digo que la vida que me ha tocado vivir, es la que estaba prevista y vuelvo a recordar aquellas palabras de mis viejas “Hijo, sea alguien en la vida” y puedo ahora entender que son las súplicas de quien desde lo más hondo del corazón quiere que el hijo no sucumba ante las presunciones del mundo, ante la indiferencia y la jactancia de quienes creen tener la verdad absoluta,  los clamores del parto por devoción, del dolor cercano, del amor de madre.

Gracias infinitas a mis madres Antonia y Bella por haberme enseñado el camino de
mis convicciones, porque en definitiva soy lo que siempre quise ser un músico y
eso, eso es más que suficiente para ser feliz. ¡Por la música, que lo es todo!

***

25 de noviembre de 2014

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