De Estética musical y otros tormentos Papeles de trabajo por Franklin Pire

Quisiera comenzar esta reflexión, referida a la estética musical,  no sin antes dejar en claro que las siguientes ideas se encuentran  sustentadas  en algunos apuntes y textos de mis estudios previos en las cátedras de Filosofía de la música y Estética del Conservatorio P. I. Tchaikovsky de Kiev.

Como compositor y teorético de la música debo destacar que el problema de la Estética radica fundamentalmente en la comprensión del ideal de la belleza y del que se desprenden las siguientes interrogantes;

¿Qué es lo bello? ¿Qué es lo no bello?

Citando las palabras de mi gran amiga, con quien tuve el privilegio de compartir en nuestros tiempos de estudios en Kiev, la gran pianista caraqueña Geraldina Méndez devela, a mi parecer, estas cuestiones cuando afirma en su artículo “La belleza es una toxina”  lo siguiente:

Si la belleza fuera la armonía entre las partes, no existiría la belleza de lo “no bello”

Antes de la llegada del siglo XX cada época representó una estancia y cada época estaba  determinada por patrones estéticos muy bien definidos, sustentados estos más en los postulados de Aristóteles y Platón, aunque en el romanticismo se inicia ya el despliegue de la emancipación de las formas clásicas, donde el ideal de la belleza, no solo en la música sino de todas las artes, descansaba en la magnitud y en  la proporción armónica de sus componentes, recordemos la proporción Áurea de los griegos.

Fue a la luz del siglo XX que la estética musical emprendería múltiples caminos en lo referente a la concepción de la belleza  donde la  diversificación del método, más que al procedimiento, afectaría en el estilo del artista al reflejar éste en la obra de arte el testimonio individual de sus propias convicciones. La estética del caos, como parte de la imagen artística, expondrá también las razones donde comenzaría a gestarse la belleza de lo no bello.

El Dr. Adalberto García de Mendoza reconocido como el Padre del Neokantismo Mexicano plantea que:

“La estética contemporánea se afirma fundamentalmente en la doctrina del valor, es decir, en la Axiología. Pero cabe pensar que dicha disciplina debe tener, para asegurar mejor su interpretación, como base, la Dialéctica, cuyos principios se señalan con toda claridad, en el proceso diseñado por Hegel y más tarde por elementos de tendencias de vanguardia. La Dialéctica de los valores debe constituir el cimiento de toda estructura estética, estableciendo modificaciones en la doctrina de los valores, no conforme con el proceso evolutivo, tal como lo señalara Darwin y Spencer, sino como lo señalara Engels al afirmarle a la historia una interpretación de Tesis, Antítesis y Síntesis.”

La visión Aristotélica de la belleza radica fundamentalmente en lo equilibrado y lo grandioso, en el orden proporcional del universo, magnitud y orden de lo que nos rodea. Kant   establece, que la Estética es una ciencia, que se enfoca especialmente, en el análisis reflexivo, en cuanto a los problemas del arte se refiere. Independientemente de cualquier juicio de valor de si es Estético o Anti-estético debe primar el análisis de los fenómenos artísticos, tomando en cuenta a las creaciones novedosas que se entregan en la síntesis, las acciones recíprocas, la negación de la negación, los saltos dialécticos y la novedad dialógica. Actividad esta, desenvuelta a través de las culturas y aun de las obras mismas, de la creación del artista  como de la formación estética del medio.

Hablar de estética musical sugiere entender entonces los procesos y transformaciones que ha sufrido y sigue sufriendo la música  como lenguaje sonoro bajo el entendido de que el lenguaje de la música que suena es un objeto “real, tangible”, la música escrita un objeto “puramente intencional” y  la característica del objeto se corresponde con la de la estructura del tiempo. La duración de las interpretaciones individuales es un segmento de tiempo real e irrepetible.

La música es transitoria, pasa de largo en lugar de resistir la observación. Y debido a su esencia efímera, huidiza, Adam de Fulda (1450 – 1505) la concibió en 1490 como “meditatio mortis”. Ciertamente concede Hegel a la obra de arte musical el principio de una diferenciación entre sujeto que disfruta y obra objetiva. Pero no se eleva esa oposición, como en las artes plásticas, a una existencia exterior perdurable en el espacio sino que por el contrario, su existencia real se desvanece en su propio transcurrir temporal inmediato. Lo audible se experimenta no como algo que se nos presenta delante, sino como suceso que nos envuelve y penetra, en lugar de guardar distancia con respecto a nosotros.

La Estética contemporánea tiene como propósito ilustrar el criterio del gusto, no sólo para las obras llamadas clásicas, sino fundamentalmente para comprender los nuevos intentos del arte, a través de la pintura de Antoine Jean Gros (1771 – 1835)  o la de Otto Dix (1891 – 1969) o a través de la música de Stravinsky o la de Schoenberg como ejemplos tangibles del biorritmo del arte en toda su magnificencia. Intentos también literarios, escultóricos y arquitectónicos imponen la necesidad  de reflexionar sobre su aparente oscuridad o esnobismo.

Por otra parte, sería erróneo negarle rigurosamente a la música una objetividad que existe por sí misma. También la música es, de forma análoga a una obra plástica, un objeto estético, objeto de contemplación estética. Sin embargo, su objetualidad se muestra más de forma indirecta que inmediata, no en el momento en que la música suena, sino sólo cuando el oyente, al final de una composición o de una parte de la composición, se vuelve a lo pasado y se lo re-presenta como un todo cerrado. Retenida todavía en la memoria se sitúa ésta a una distancia que no tenía en su presencia inmediata. Y en la distancia se constituye como algo abarcable, como forma plástica. Espacialización y forma, regresión y objetualidad se relacionan de forma correlativa. Lo uno es punto de apoyo y requisito de lo otro.

En este presente que nos envuelve, los medios de masificación de la información nos llevan por sendas caricaturescas que privilegian el negocio en lugar de la expresión artística en todo su contexto. Toca desenmascarar desde la cátedra, los simposios donde se discutan la relevancia de las artes, los escenarios, los festivales etc.  tales comportamientos y manipulaciones de índole propagandísticas. Que no existe un arte absoluto como muchos nos quieren hacer creer, que arte no quiere decir que sea para todos puesto que si es para todos entonces no sería arte; que las expresiones de la creación humana son en definitiva expresiones artísticas cuando se sustentan en el contexto de una dimensión elevada más que de una simple convención estética.

El arte es testigo predilecto de los tiempos. Aún sin saber que nos espera más allá de las cerradas puertas esperamos permanecer y resistir a todos estos embates. Muchos son quienes se arrastran ante la mediocridad,  promocionada y vendida como patrón de una sociedad consumista mientras nosotros continuaremos vagando por el mundo conteniendo al arte en las entrañas.

 

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